viernes, 26 de agosto de 2016

¡NO IMAGINÁBAMOS LA TRAGEDIA!

Por:
Johana Borja
Teresita Ortiz
Enid Álvarez
Lady Natalia Castañeda
Patricia Cano
Habitantes del sector El Vergel

Adela Díaz Vélez era una ama de casa de 34 años de edad y, junto con Mario Cano, tenían tres hijos, dos mujeres y un hombre. Vivían en El Vergel, en las laderas de la quebrada la Manguala y sus días transcurrían en medio del cuidado de los hijos y, de los campeonatos de fútbol en los que Mario era el arquero del equipo del Vergel.

El domingo 24 de junio de 1973, en las horas de la tarde, la familia recibió la visita de Teresita Ortiz, vecina de la mamá de Adela. Durante la conversación, Teresita le pregunta a Adela “¿Por qué estás sin dientes?” a lo cual ella responde “pues para uno morirse, tiempo sobra, y si me voy a morir, que nadie me vea”. Teresita miró hacia el morro y sintió escalofrío, y la conversación tomó otro rumbo.

La noche llegó y como era costumbre en las familias del Vergel, muchas personas se congregaron en la iglesia para celebrar la santa eucaristía de las 7:00 de la noche. La lluvia se hizo presente luego de la misa y con ella, el presagio de algo terrible que sucedería en esa madrugada. La lluvia se fue haciendo cada vez más intensa, incluso granizó durante toda la noche. Truenos y relámpagos acompañaron la noche, sin que los vecinos del Vergel imaginaran la tragedia que estaba a punto de ocurrir.

Miguel Alfonso Álvarez, empleado de Colcocinas, salió de su casa a las 5:15 de la mañana rumbo a su trabajo. Mientras caminaba hacia El Chispero a coger la ruta de bus, sintió un estruendo y vio un apagón que afectó a todo El Vergel. Él intentó regresarse a su casa (pues sintió miedo) pero sorpresivamente se encontró ante un derrumbe (en lo que antes era la vía) que se lo impidió.

Fueron dos los deslizamientos de tierra que se ocurrieron ese día, ambos en la misma vía de acceso a la en ese entonces, vereda El Vergel. Uno de ellos sin víctimas mortales y el otro, que fuere uno de los sucesos más trágicos del corregimiento, cuya magnitud, cobró las vidas de siete (7) niños y seis (6) adultos. La desolación embargó los corazones de quienes atestiguaron los hechos, una de ellas, Eva Arenas, conocida por ser líder e informar a la comunidad, tuvo que comunicar lo que estaba sucediendo para que los vecinos fueran a ayudar.
María de la Cruz Cano de Ospina era una mujer mayor caracterizada por su alegría a pesar de sus carencias económicas. Amaba incondicionalmente a su esposo Jesús María Ospina y vivía en el lugar de la tragedia. Ella, en las horas de la madrugada escuchó algunos ruidos que le parecieron extraños y salió a mirar lo que sucedía. Durante algunos segundos pasaron por su mente los maravillosos y duros momentos vividos en esa casa que estaba a punto de ser devorada por la fuerza de la naturaleza. Pudo haber salido corriendo para salvar su vida, pero prefirió morir al lado de su compañero de viaje, quien, por condiciones de salud no podía moverse y no contaba con la habilidad para huir de este infortunio. Abrazados esperaron a que la muerte pasara por ellos.

La primera llamada de auxilio se realizó desde uno de los tres únicos teléfonos que había en el corregimiento, ubicado en la inspección de policía. A medida en que pasaban los minutos, llegaban ayudas por parte de los bomberos voluntarios de Itagüí y de Coltejer, la Defensa Civil de Colombia, la Escuela de Policía Carlos Holguín, la Cruz Roja, el sacerdote y cientos de personas que acudieron a ayudar en la remoción de la tierra para buscar algún sobreviviente de ese fatídico 25 de junio de 1973. La búsqueda se prolongó durante 6 días, considerando incluso, declarar el lugar como campo santo dada la magnitud de la tragedia. Durante este tiempo, la vereda quedó incomunicada y a sus habitantes les tocó desplazarse por el sector de Palo Blanco para conseguir los víveres. No hubo servicio de energía porque el deslizamiento tumbó los postes y el cableado y, la casa de Celina Macías quedó a medio enterrar. A medida en que pasaban los días, la esperanza de encontrar sobrevivientes disminuía, sin embargo, los esfuerzos continuaban sin parar. Las personas y las ayudas se hacían presentes, una de ellas fue la de Don Alfonso Calle (el dueño de los galpones contiguos a lo que ahora es el Parque Biblioteca José Horacio Betancur) quien aportó 150 gallinas diarias para alimentar, tanto a los damnificados, como a los rescatistas.

La familia Cano Díaz fue la de mayor cantidad de víctimas de este suceso, pues once (11) de las trece (13) personas que perdieron la vida esa madrugada, pertenecían a ella. Adela y sus hijos fueron encontrados el último día de la búsqueda y, tal como lo anunció aquella tarde de domingo y debido al estado en el que quedó su cuerpo después de la tragedia, nadie más la vio. Se hicieron dos sepelios colectivos en el teatro Cordillera, ubicado en el parque y, todas las víctimas yacen en el cementerio San Lorenzo del corregimiento.


Luego de 43 años, las nuevas familias que habitan ese lugar, parecen desconocer o haber olvidado la historia trágica que ocurrió aquella madrugada del 25 de junio de 1973. Un derrumbe que cobró trece (13) vidas y truncó sueños. Hoy, algunas familias han construido sus casas sobre cimientos de dolor y muerte, sin imaginar que una historia similar pueda repetirse.


1 comentario:

  1. Buenos días soy Mario Florez del DAGRD ahora, por casualidad alguien de esa época que le tocó presenciar la tragedia tiene imágenes de la misma?. Le agradecería mucho esta información.

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